17 de enero de 2012

MISTERIO.

El cielo tiene cejas de huida
hacia la fina aurora ke no amanece.
Todo en paz. El vello hirsuto
se muestra de eléctrica soledad.
Oigo los cantos más allá
de los bulevares donde hombres
y mujeres se aman. Se aman
y se anudan en un baile cósmico
de encarecida poesía doblada
sobre el escritorio de mis ojos.
El cielo. Huida hacia la aurora.
Mi sueños, mis extravíos de azul
topacio, mis mapas y arkitecturas
ke no son bellas si no por cuanto provocan.
Los palacios de hace mil siglos
he proyectado en el aire
y he dejado ke vuele la arteria
de las emociones, para dormir
serenamente en esa aurora incipiente.
El cielo mira invisible
para ke repose el aire de las batallas,
el perfume de la traición y el bandoneón
de los besos. Y dejo ke naveguen
en mi pecho las kimeras ke visten canciones.
Es tarde ya, pero aún no amanece
y eso nos salva, aunke de puro intenso
y silencio y vacío y veneno etéreo
este cielo lejano no nos alcance.
Dónde están mis manos de carpintero
de sueños ?
dónde tus labios ke asentían
cuando la magia mineral del pensamiento
construía naves y palacetes en la tarde
para tus brazos ke eran jardines
donde reposar mis frutos y regalos ?
Amor, tan fácil nombrarte como decir cielo.
Cielo, tan difícil alcanzarte
como eskivo es siempre el amor.
 ANTONIO ROMÁN

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